La belleza está… en tu cerebro

Hace diez años surgió una disciplina llamada neuroestética, que estudia la actividad cerebral cuando percibimos algo que consideramos hermoso. Investigaciones recientes buscan establecer cómo se relaciona esa actividad con la evolución humana.

Hacia finales de la década de 1980, el neurocientífico Semir Zeki, del University College London, en Inglaterra, estaba interesado en el sistema visual de los primates, especialmente el de los humanos. Luego de encontrar que muchas áreas visuales del cerebro se especializan en atributos particulares, como el movimiento y el color, le intrigó que el cerebro fuera capaz de calificar las cosas de bellas o feas simplemente a partir de estas características. Más adelante, ya con aparatos que muestran el funcionamiento del cerebro en tiempo real (midiendo, por ejemplo, el flujo de sangre en cada región del cerebro), Zeki se concentró en la relación entre el arte visual y el funcionamiento de las áreas cerebrales que procesan la información visual estudiando cómo reaccionan las neuronas cuando apreciamos una obra artística. A partir de esas investigaciones Zeki fundó una nueva disciplina a la que llamó neuroestética.

Belleza, ese placer subjetivo

Pese a discusiones añejas, aún no hay una definición de belleza que satisfaga a todo el mundo y que convenga a todas las culturas. El estudio contemporáneo de la belleza todavía parte de conceptos desarrollados principalmente por filósofos occidentales. Immanuel Kant, en el siglo XVIII, afirmaba que la primera condición necesaria del juicio estético (criterio de lo bello y lo feo), es que, en esencia, es subjetivo. Esto significa que se basa en la sensación personal de placer o disgusto, y que por lo tanto, resulta imposible evaluarlo de manera empírica; por ejemplo, midiéndolo en un laboratorio.

A comienzos del siglo XX, otros pensadores encontraron objeciones a la opinión de Kant, pues observaron que lo que da placer a los sentidos tiene características que abarcan épocas y culturas diversas, como armonía, simetría y completitud, más allá de las construcciones estéticas del arte, que pueden ser sociales o culturales. Así, en 1933, el matemático estadounidense George David Birkhoff elaboró una teoría encaminada a reducir la percepción estética a una ecuación matemática. Birkhoff definió a la medida estética de un objeto como una proporción entre su simetría y su complejidad. Aunque esto resultó

Una gran cantidad de estudios sugieren que el cerebro humano tiene predilección por ciertas características de los rostros que se consideran bellos.

Si no me gusta, me voy

Semir Zeki encontró que la misma región se activa también en respuesta a otras imágenes que suelen interpretarse como bellas. Tanto en sus conferencias como en su Manifiesto sobre la neuroestética (publicado en http://neuroesthetics.org/ statement-on-neuroesthetics.php), Zeki declara que “todos los artistas son, instintivamente, neurocientíficos”, pues comprenden de manera innata cómo ve el cerebro al mundo.

Ya que no existe estándar para la belleza ni se ha convenido en la existencia de un único grupo de características que la definan, el profesor Zeki decidió concentrarse en la belleza tal y como la experimenta cada individuo. Así, en 2003 realizó un estudio diseñado para observar la actividad del cerebro cuando se percibe algo considerado bello. En colaboración con Hideaki Kawabata, también del University College, reunió a 10 voluntarios (hombres y mujeres), todos ellos estudiantes universitarios, sin ninguna experiencia en el campo del arte. Primero les mostraron 300 pinturas y les pidieron que las calificaran como “bellas”, “feas” o “neutrales”. Como esperaban Zeki y Kawabata, las opiniones variaban.

Tras la clasificación, los participantes vieron de nuevo las pinturas mientras los investigadores observaban la actividad de sus cerebros por medio de un equipo de resonancia magnética. El estudio reveló que en todos los casos se activaban las regiones orbitofrontal y motora de la corteza prefrontal; sin embargo, cuando un voluntario veía una pintura que había calificado como “bella”, aumentaba principalmente la actividad de su corteza orbitofrontal. Pero lo más curioso fue que, cuando los individuos veían una obra que consideraban “fea”, además de activarse la amígdala, región cerebral que se asocia con reacciones emocionales como el miedo, se activaba especialmente la corteza motora. Mitad en broma, mitad en serio, Zeki interpreta esta respuesta como una defensa, que prepara al cuerpo para alejar al individuo de un estímulo desagradable. Para este investigador, la importancia del hallazgo, publicado en la revista Journal of Neurophysiology en 2004, es que por primera vez localiza y cuantifica estados mentales subjetivos; es decir, las sensaciones de atracción hacia algo considerado bello y de rechazo a algo considerado feo que, por pertenecer a nuestro mundo privado, no son directamente accesibles a otras personas. Esta reacción del cerebro tiene otra faceta interesante. Aunque todos los estímulos visuales entran por la misma vía, ya en el cerebro toman caminos distintos según se experimenten como bellos o feos. Zeki piensa que en alguna parte del cerebro podría existir una especie de filtro, algún mecanismo que decide hacia dónde enviar las señales. Una posible pista: en sus experimentos, lo que más le ha llamado la atención a Zeki es que parece existir un vínculo entre percibir la belleza artística y percibir situaciones, objetos o pues el cerebro reacciona exactamente de la misma forma.

Se han encontrado indicios de que nuestra capacidad de apreciar lo bello puede haber sido una ventaja para nuestros antepasados remotos en la lucha por la supervivencia.

útil para evaluar figuras simples, como logotipos, en general se ha considerado un error, pues no funciona igual cuando se aplica a objetos más complejos; por ejemplo, la aparentemente desordenada distribución de un bosque, o ciertas pinturas surrealistas.

Verónica Guerrero Mothelet

Web: www.comoves.unam.mx

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