El nuevo rostro de un coloso

El manto nevado que caracterizaba al Popocatépetl ha desaparecido casi por completo.

Para la mayoría de la gente, la palabra glaciar evoca lugares situados a miles de kilómetros de distancia, con paisajes donde el blanco de la nieve refleja intensamente los rayos del Sol, el frío es permanente y el silencio sólo es interrumpido por el viento: la Antártida, Groenlandia, los Alpes quizá. Pero no hay que ir tan lejos para encontrar masas de hielo en movimiento: en México las hay en el Citlaltépetl, o Pico de Orizaba, y en el Iztaccíhuatl. Hasta hace poco también las había en el Popocatépetl.

Clima y glaciares, una estrecha relación

Para que se forme un glaciar hace falta un entorno con temperaturas suficientemente bajas para que la precipitación caiga en forma de nieve. No sólo eso: también es preciso que esa nieve no se funda y se transforme así en hielo al acumularse. A lo largo de un ciclo anual, la masa de un glaciar aumenta cuando nieva, pero se reduce por la ablación, o fusión, de las partes más bajas, que al deslizarse la masa de hielo por la pendiente de la montaña llegan a zonas con temperaturas mayores. La suma algebraica de estos dos procesos a lo largo de un año se denomina balance de masa. Si la acumulación es mayor que la ablación, entonces la masa aumenta y el balance es positivo; si la ablación es superior a la acumulación, el balance de masa es negativo.

Los glaciares son como testigos de los cambios climáticos. Midiendo propiedades como su longitud, su área y su volumen por diversos métodos y durante lapsos grandes, se pueden hacer inferencias acerca de la historia de los cambios climáticos tanto regionales como globales. Aunque parezca extraño, no todos los glaciares reaccionan igual a las variaciones de la temperatura, de la humedad o de la precipitación. La respuesta de cada uno depende de su tiempo de reacción, que es lo que tardan los cambios del balance de masa en reflejarse en el adelgazamiento y retroceso de la masa de hielo. Sea como fuere, las variaciones de la masa de un glaciar son una respuesta directa a los cambios climáticos.

Nacimiento de un glaciar

La formación de un glaciar se inicia con la caída de cristales de nieve, los cuales vistos al microscopio muestran elaboradas y complejas formas con muchos brazos y entradas. Una vez que los cristales caen sobre la superficie, empiezan a formar capas de nieve cuya densidad varía entre 50 y 200 kilogramos por metro cúbico. Estas capas se van apilando una sobre otra, de manera que las primeras quedan sepultadas. El peso de las capas superiores aumenta la presión, lo cual ocasiona que las puntas o aristas de los cristales de nieve se fundan y entonces los cristales empiezan a redondearse y reacomodarse, de forma que la densidad aumenta en un rango de 400-830 kg/m3. En este momento la nieve se encuentra en un estado intermedio en el proceso de transformación a hielo. Con el paso del tiempo, los cristales se redondean cada vez más —debido a la fusión que ocurre a escala microscópica— y se adhirieren unos a otros; el poco aire que existía entre ellos es expulsado y entonces se alcanza una densidad de entre 830-910 kg/m3. La nieve se ha transformado en hielo, ha ocurrido el primer paso para la formación de un glaciar.

Una vez que existe el volumen suficiente de este hielo llamado glacial, y gracias a la fuerza de la gravedad, el mismo comienza a fluir lentamente pendiente abajo. El movimiento del glaciar se conoce como deslizamiento glacial y para que ocurra es necesario que el hielo en su base, en contacto con el lecho, se encuentre en su punto de fusión (0?C) o muy cercano a éste, de forma que pueda vencer la resistencia al movimiento; una vez que lo logra, podemos decir que ha nacido un glaciar.

Se derriten

El Servicio Mundial de Monitoreo Glacial (SMMG), con sede en la Universidad de Zurich, en Suiza, se ha dado a la tarea de concentrar la información sobre los cambios que ocurren en los glaciares. El SMMG se encarga de compilar y ordenar los datos que envían los numerosos grupos de investigación dedicados al estudio de los glaciares en sus respectivos países. Los resultados de este monitoreo se vierten en una base de datos en línea y cualquier persona interesada puede acceder a esta información (www.geo. uzh.ch/wgms).

Los reportes contenidos en la base de datos indican una tendencia generalizada de retroceso glaciar a ritmos nunca antes vistos. El fenómeno va de la mano del aumento global de la temperatura de la Tierra, como cabría esperar.

Herramientas de estudio

Los glaciólogos trabajan directamente en el hielo o bien de manera indirecta, desde lejos. En el trabajo directo en los glaciares se utilizan instrumentos como el radar, que da información acerca del espesor de la capa de hielo. Con el fin de identificar las capas que se han depositado a lo largo del año y medir su densidad y temperatura, se cavan trincheras y se emplean densitométros —que permiten medir la densidad del hielo a diferentes profundidades—, y termómetros especiales. La densidad del hielo cambia según se haya depositado la nieve en verano o en invierno. Para calcular la velocidad a la cual se desliza el glaciar sobre la ladera de una montaña, se clavan estacas en el hielo y se miden sus coordenadas a intervalos regulares; así se puede cuantificar la distancia que el glaciar se deslizó entre una y otra medición. Si el objetivo es estudiar el clima local, se instalan estaciones meteorológicas para medir la cantidad de nieve que cae, la temperatura al nivel de la superficie, la intensidad de la radiación solar, la velocidad del viento y otras variables. Para este tipo de estudios, además de saber usar los instrumentos, se requiere conocer técnicas básicas de alta montaña. Asimismo, hay que tener buena condición física y por supuesto mucho gusto por el trabajo en lugares fríos. También hace falta una buena dosis de testarudez.

Glaciares en el pasado

Hace 21 000 años, las 13 montañas más elevadas en México poseían glaciares. Lo sabemos por el estudio de las huellas que los glaciares dejaron en el relieve en épocas pasadas. Al desplazarse por la superficie rocosa, los glaciares la pulen y desgastan formando valles; al mismo tiempo van acumulando el material que erosionaron en montículos de fragmentos rocosos, que reciben el nombre de morrenas. Si se identifican estos rasgos en sitios donde actualmente no existen glaciares, puede inferirse que alguna vez los hubo; esto permite reconstruir la distribución de los glaciares en el pasado de nuestro planeta.

Hielo y fuego

El primero en medir los glaciares del Popocatépetl fue José Luis Lorenzo, como parte de las actividades del Año Geofísico Internacional de 1958. Este investigador identificó tres glaciares: Ventorrillo, Noroccidental y Norte, los cuales se distinguen por la dirección en que se desplaza el hielo. Su superficie total era de 0.729 kilómetros cuadrados. Más adelante, se actualizaron los datos de Lorenzo y se dividió el área glacial del volcán en dos partes solamente —Ventorrillo y Noroccidental—, con una superficie de 0.559 kilómetros cuadrados en 1982. El glaciar del Ventorrillo tenía 50 metros de espesor en algunas partes y la temperatura del hielo variaba entre -1.5 y 0.5º C.

El área glacial del Popocatépetl ya mostraba una reducción importante aun antes de iniciarse la actividad eruptiva, en parte debido al efecto de la Ciudad de México sobre el clima regional. Entre 1958 y 1996 desapareció el 40% de la superficie de hielo, pérdida relacionada con los cambios globales. En diciembre de 1994, el Popocatépetl entró nuevamente en actividad luego de más de 40 años de relativa calma. Entre ese año y1996 desapareció más del 30% del área glacial que existía en 1958. Lo que resta de los glaciares Ventorrillo y Noroccidental ya no se puede considerar, en términos estrictos, como glaciares debido a que se adelgazaron y fragmentaron como consecuencia de la acelerada pérdida de masa. La pregunta obligada es si la actividad eruptiva ha sido el factor detonante de los cambios observados a partir de 1995.

Patricia Julio Miranda, Hugo Delgado y Lucio Cárdenas

Web: www.comoves.unam.mx

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