Cerebro y emociones: ¿podemos elegir qué sentir?

Hasta hace algunos años, las investigaciones sobre nuestras emociones solían concentrarse en las que son negativas, como la angustia, la tristeza y las fobias. Hoy varios grupos de científicos estudian también las emociones positivas, así como los cambios que unas y otras propician en el cerebro.

Las emociones se experimentan en una forma muy personal de la que generalmente no somos conscientes, pero que se manifiesta en la expresión del rostro, la postura corporal y en estados mentales específicos. Las emociones influyen en nuestro estado de ánimo, en la motivación e incluso en nuestro carácter y conducta. Además provocan reacciones fisiológicas por estar relacionadas con hormonas como el cortisol y la noradrenalina, y con neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, que alteran el apetito, el sueño y la capacidad de concentración.

Disección de los afectos

En los últimos 40 años se ha hecho mucha investigación para identificar sistemas o circuitos cerebrales asociados a las emociones. Se trata de saber, por ejemplo, si cada emoción se relaciona con diferentes el procesamiento de las emociones en el cerebro con los cambios en otras partes del organismo y cómo interactúa este procesamiento con la cognición, el movimiento, el lenguaje y la motivación. Hallazgos recientes han dado origen a una nueva disciplina: la neurociencia de los afectos o neurociencia afectiva, que estudia las bases neuronales de las emociones y los estados de ánimo; es decir, qué neuronas del cerebro se activan cuando sentimos o evocamos una emoción.

Los mismos avances han permitido observar en tiempo real las partes del cerebro que se activan cuando sentimos ciertas emociones. El doctor Richard Davidson, quien dirige el Center for Investigating Healthy Minds (Centro para la Investigación de Mentes Saludables) de la Universidad de Wisconsin-Madison, es junto con el ya fallecido Paul Ekman uno de los pioneros en la exploración de la relación entre el cerebro cognitivo y el emocional. En entrevista con ¿Cómo ves? explicó que la investigación de las emociones emplea muchas técnicas distintas. Por ejemplo, se coloca a los participantes en los experimentos en un aparato de resonancia magnética funcional (ver ¿Cómo ves? No. 181), que registra el flujo sanguíneo de diferentes áreas del cerebro para medir así su actividad, y luego se les pide que evoquen alguna emoción a partir de fotografías o fragmentos de películas, o que recuerden una experiencia pasada, y se observa cuáles áreas del cerebro se activan más al hacerlo. También se estudia a pacientes con alguna lesión cerebral y “las patologías de la función cerebral en pacientes con diversos trastornos psiquiátricos y neuronales que involucran anormalidades en las emociones”, en palabras de Davidson y sus colaboradores en un artículo del año 2000 publicado en la revista American Psychologist. Hasta hace algunos años, las investigaciones solían concentrarse en emociones negativas como la ansiedad, la depresión y las fobias. Pero al doctor Davidson le intrigaba saber por qué algunas personas son más positivas que otras o más capaces de sobreponerse al dolor emocional o a situaciones adversas, lo que ahora se conoce como resiliencia. Encontró que la diferencia en el nivel de resiliencia se traduce en importantes diferencias en la actividad cerebral.

Se ha observado además que los circuitos de conexiones neuronales, o sinapsis, también pueden modificarse. Esto sucede cuando las personas se vuelven expertas en alguna actividad, como tocar el piano, practicar ajedrez o jugar tenis. Con la acumulación de horas de práctica, se va trazando y reforzando en su cerebro una nueva ruta de comunicación entre neuronas de diferentes regiones cerebrales, y esto facilita el perfeccionamiento. Se ha encontrado también que los mapas cerebrales que representan en el cerebro partes del cuerpo como las manos o piernas, se modifican tras la pérdida de una de ellas para cubrir su falta, como descubrió Vilayanur S. Ramachandran, especialista en el síndrome conocido como de “miembro fantasma”, con un paciente a quien le faltaba un brazo y que decía sentir sus dedos ausentes cuando alguien le tocaba el rostro. El neurocientífico dedujo que se había realizado un impresionante cambio en la corteza somatosensorial de este paciente, su mapa cerebral. Como su corteza cerebral ya no recibía estímulos a través de la mano perdida, a la región que procesa las sensaciones del rostro se había sumado la de la mano.

La noche oscura de la meditación

Si bien las investigación indica que practicar meditación trae diversos beneficios, hay casos en los que pueden presentarse efectos adversos graves. Por ejemplo cuando la meditación se hace sin una guía adecuada o con instructores poco experimentados, o bien la practican personas en situación de fragilidad mental por haber sufrido experiencias traumáticas o padecer determinados trastornos mentales.

Para investigar esta problemática, la psiquiatra Willoughby Britton, de la Escuela de Medicina de la Universidad Brown y practicante de meditación, creó el proyecto de investigación llamado “Noche oscura” (The Dark Night Project) en referencia a un poema de San Juan de la Cruz. Britton y su grupo no han publicado resultados de este proyecto todavía, pero entrevistaron a casi 40 personas que presentan daños psicológicos que podrían ser atribuibles a la meditación. Otro psiquiatra, Florian Ruths, del Hospital Maudsley, en Londres, también comenzó una investigación sobre las reacciones adversas de la meditación, en la que ya se observaron algunos casos de despersonalización: las personas se sienten como si se vieran en una película.

Algunos expertos en meditación señalan que estas reacciones adversas son poco comunes, y que es posible que se presenten después de periodos muy prolongados de práctica, como en ciertos retiros donde debe guardarse silencio, o que combinan el ayuno con la meditación.

La meditación trabaja con las experiencias más íntimas y profundas, por ello Britton y Ruths han señalado que los maestros de meditación, además de ser verdaderamente experimentados en su práctica, deberían comprender cuestiones básicas sobre trastornos mentales como ansiedad y depresión, y saber cuándo referir a personas que los padezcan con un especialista.

Verónica Guerrero Mothelet

Web: www.comoves.unam.mx

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