Acerca de las Escuelas Normales como instituciones de la FILOPAIDEIA

Filopaideia significa amor a la educación. Amor no en el sentido retórico, sino en un plano práctico; es decir, desde su comprensión prístina de iniciación del hombre por el hombre a la sociedad y cultura en la que vive. Amar la educación significa entender la educación, fomentarla, no mutilarla ni mutilar a nadie por medio de ejercerla de manera arbitraria. Significa practicar la empatía con los alumnos para que a partir de reconocernos en los otros, podamos ser mejores humanos a partir de comprender que en cada “otro” hay una parte de nosotros tratando de ser un alguien y no un algo.

Las Escuelas Normales como instituciones educativas, atienden a estudiantes que buscan iniciarse en la docencia, o bien a profesores que pretenden mejorar su propia práctica profesional. En ambos casos coinciden en que el sentido sustancial de su deber (deontología que le da sentido ontológico) es precisamente el acto de educar (que no de instruir).

A partir de ello se entiende que busquen motivar a sus alumnos, orientándolos de manera correcta hacia la concientización de ser profesores (con fe en lo que hacen), pues no es una carrera más, sino una vida comprometida que parte de darse a los otros (servirlos) a través de la educación. La función de las Escuelas Normales, en este sentido, no se subsume ni agota en el salón. Antes bien, trasciende el quehacer diario de los alumnos y de los profesores-alumnos. Lo hace a partir de ayudar a construir sujetos conscientes de su ser-ontológico por medio, precisamente de que amen a su profesión. Pero amar significa, entre otras cosas: respetarla, dignificarla, ser congruentes con lo que enseñamos. Es en este sentido que cada alumno y cada profesor-alumno llevan consigo la filopaideia, como parte de aquello que les da sentido social.

Ahora bien, para que tenga éxito la filopaideia es necesario entender a la educación como «diorisma»; es decir, como la posibilidad de problematizar a la misma educación; pues no podemos partir de que la educación es algo ya terminado. No, hay que construirla, con participaciones críticamente éticas. El amor y la ética van de la mano.

Así, si tomamos a la educación como premisa de nuestro quehacer analítico acerca de la construcción del sujeto real y concreto, podremos estar en posibilidades reales de entendernos a nosotros mismos (como profesores) a través de entender a los otros y a la sociedad en la que nos desarrollamos y a la que nos debemos.

Tomar como «diorisma» algo es mantener —en otras palabras— la posibilidad de seguir sometiendo a un análisis reflexivo y crítico aquello que nos da sentido social: la educación, la ética profesional, la filopaideia. De otro modo, si vemos a la educación como una idea cerrada, sin afirmar ni negar nada acerca de su esencia, estaremos lejos de formular un juicio; mucho menos si no razonamos éticamente sobre nuestra propia actividad profesional.

Por ello es necesario que nos demos cuenta de la importancia y necesidad de una educación completa en el ser humano concreto, tanto de manera individual como social. La pregunta es: ¿problematizamos a la educación, o simplemente la tomamos como algo acabado que hay que seguir reproduciendo? ¿Somos profesores con fe en lo que hacemos, es decir, practicamos la reflexión que debemos fomentar en nuestros alumnos? Si es así, habría que preguntarnos qué tanta fe tenemos en nuestros alumnos y en lo que hacemos.

Por José Martín Hurtado Galves.

Escuela Normal Superior de Querétaro

coneduq.org.mx

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